jueves, 15 de febrero de 2018

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Todo escritor confesional tiene delante de sí, en primera línea, un conjunto de sinceridades fáciles, domesticadas, que al escribirlas no le van a comprometer mucho, incluso en el caso de que sean autocríticas; y tiene además, en segunda línea y bien ocultas en un cajón cerrado con llave, un segundo tipo de sinceridades bochornosas, que abren en canal su autoestima o muestran la mugre de su corazón. ¡Qué diferencia entre un Montaigne, que nos cuenta que se ha quedado impotente y tiene el pene pequeño, o un Gide, que escribe en su diario que ha visto a un adolescente guapísimo y se le ha puesto dura, o una Virginia Woolf, a la que no le importa hacernos saber que tiene envidia y miedo de que Katherine Mansfield sea mejor escritora que ella, con toda la pléyade de Bukowskis, Nietzsches, Umbrales, Papinis, Nerudas, Hemingways o Houellebecqs, que siempre te están mostrando su lado más fuerte o macho o rebelde o iconoclasta, y hasta en sus fracasos se pintan favorablemente o se presentan como canallas encantadores! Al hilo de esto recuerdo que Jack Kerouac sostenía que un escritor confesional no debe soslayar ningún elemento importante de su vida, ni el más pequeño, tampoco de lo sexual, pero cuando narró su encuentro con Gore Vidal omitió la noche de sexo que había mantenido con él. Sucedía que Kerouac era un heterodudoso que siempre vivió con vergüenza sus encuentros homosexuales, por lo que no se atrevió y consiguió enfadar a Gore Vidal, que le reprochaba: “¡Ah, Jack, cómo te saltaste tu deontología de escritor para que nadie supiera que yo te había roto el culo!”.