martes, 13 de febrero de 2018

691


Se comete un error al convertir a Hitler en un personaje peor (todavía) de lo que fue. Hablo sobre todo por los chavales: recuerdo que de adolescente yo estaba fascinado por su figura precisamente por eso, porque era EL MÁS MALO de todos, y solo cesó esa fascinación cuando descubrí que era vegetariano, que amaba a los perros, que había perdonado al que planeó su asesinato o que le gustaban las películas de Cary Grant. “Vaya malo de calderilla”, me dije entonces, y me pasé a Charles Manson, mi nuevo malo máximo. Muchos de nosotros fuimos así durante la adolescencia: nos gustaba AC/DC por satánicos, nos caía bien Ruiz Mateos porque le había pegado a Boyer, jaleábamos a Goikoetxea porque había lesionado a Schuster y Maradona, y cuando empezamos a leer nuestros primeros libros de poesía no elegimos a Bécquer o a Gloria Fuertes, no, sino a Rimbaud, Pizarnik, Lautréamont o Leopoldo María Panero, esto es, a aquellos que nos parecían muy terribles o pedían a gritos una camisa de fuerza. Por otra parte, si lees la historia y te enteras de quiénes fueron Nabucodonosor, Julio César, Calígula, Francisco Pizarro, Ivan el Terrible, Pedro el Grande, Leopoldo II, Stalin o Pol Pot, empiezas a tener muchas dudas de que el título de malo máximo lo tenga Hitler en exclusiva, y más bien empiezas a creer que la carrera por ser el peor de todos se decide por foto-finish. Si a Hitler, en lugar de considerarle “el dios del mal”, lo rebajas a “uno de los dioses del mal”, sucede que salvas a muchos adolescentes de una influencia nefasta, pues todo el que sea antetitulado como “el más” irradia una atracción muy peligrosa.