lunes, 12 de febrero de 2018

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La mejor decisión que tomé en este blog fue la de eliminar la posibilidad de comentarios, porque me considero un ser con mucha personalidad pero a la vez con muy poco carácter, y empecé a darme cuenta de que me dejaba influir, de que me autocensuraba entradas para no tener que andar respondiendo comentarios hasta el jueves siguiente. Por otra parte, al defender algunas de mis entradas me sentía un farsante: ¿con qué caradura, Batania, estás defendiendo con el cerebro un escrito que te ha salido del estómago, del hígado o de los intestinos? ¿Con qué caradura estás defendiendo también los raros escritos que te nacen del cerebro, si pertenecen a la corriente literaria del semeocurrismo, pues tú eres refractario a la reflexión sosegada? Por eso cerré los comentarios y me alegro de haberlo hecho, porque he recuperado a mi tigre. Un escritor debe escribir con mordiente o arrojar el portátil por la ventana: un escritor no debe tener miedo a decir barbaridades. Todavía no digo tantas como dejaron escritas Unamuno, Cioran y Nietzsche, mis tres bárbaros favoritos, pero si me sigo esforzando pronto les voy a atrapar.