viernes, 9 de febrero de 2018

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Cuánto echo de menos lamer un clítoris, sobre todo si es un clítoris que tarda mucho en correrse y puedo dedicarme a pensar en grande. Porque a mí me encanta pensar mientras lamo un clítoris, siento que mi cerebro adquiere ese vértigo especial del que navega en un barco a punto de hundirse o vuela en un avión minutos antes del accidente aéreo: pienso más fuerte, más intenso, me siento todo inminencia. Y creo además que dentro de un clítoris está todo, caballos y helicópteros, secuoyas y golondrinas, formones y alicates, no falta nada. Una vez se lo dije a otro fanático del clítoris como yo:

—En el momento en que chupas un clítoris, si cierras los ojos, enseguida ves el Aleph. Borges no se atrevió a situarlo ahí, pero te juro que es su verdadero sitio.

Sobre mi vida clitoriana, recuerdo que salí con una chica que era derridiana y con la que mantenía formidables discusiones sobre el tema, porque a mí Derrida no me gusta por snob, vivisector del espíritu y prosa de funcionario. A Octavio Paz, Paul Valéry o Nietzsche sí que les permito que hagan crítica, porque manejan tres prosas extraordinarias que son la mejor prueba de su solvencia, pero a mí no me puede convencer un tipo que escribe con lenguaje de anacleto.

Pues bien: yo estaba hasta los huevos de las discusiones sobre Derrida con esa chica, que además controlaba del asunto mucho más que yo, y un día le dije muy clarito:

—Mira, no quiero que me vuelvas a hablar de Derrida antes de que te chupe el clítoris, porque luego pienso en el puto Derrida mientras te lo estoy chupando.

Ya he dicho que lamer un clítoris es algo maravilloso, algo que ensancha la vida y suspende el tiempo y el espacio.

Pero lamerle el clítoris a Derrida es algo muy desagradable.