jueves, 11 de enero de 2018

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De lo peliculero que soy no hay mejor ejemplo que los pensamientos que me vinieron a la cabeza cuando conocí por primera vez el mito de Ícaro, aquel cuyas alas de cera se derritieron por intentar acercarse al sol y se precipitó desde lo alto contra el mar. Ya el primer día que leí ese mito me gustaba imaginarme el golpe descomunal que Ícaro se daba contra el mar; y me lo imaginaba siempre cayendo de cabeza y dándose un tortazo tan tremebundo que su cráneo se deshacía en mil pedazos. ¡Menudo hostión! ¡Todos sus sesos esparcidos por el agua! ¡Comida abundante para peces!