jueves, 11 de enero de 2018

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Admiración sin límites por Canetti. Este tremendo escritor, siendo judío como era (de origen sefardí, por cierto, con el español como idioma de cuna y con apellido derivado del castizo Cañete), a partir de finales de 1944, ¡va y se solidariza con los alemanes! Consideraba con mucha razón que, con la guerra ya perdida, no se les podía infligir un castigo tan doloroso, por mucho que ese pueblo fuera colaborador necesario en los desmanes nazis. Lo que late en el humanismo de Canetti, aparte de su consideración de la vida como valor máximo y su odio unamuniano a la muerte, es la conciencia de que el motivo por el que uno se hace nazi, comunista, católico, musulmán, etc, depende de parentescos, caprichos o azares incontrolables más que del libre albedrío, y por tanto no se tiene razón ni derecho a la hora de castigar, matar o arrasar una ciudad: “La palabra alemán -escribe- ha llegado a ser ahora una palabra tan dolorosa como judío”.