viernes, 1 de diciembre de 2017

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La crisis de los 40 me ha llegado a los 43 con los regalos de pérdida de vista, decadencia sexual, problemas estomacales y creciente sordera en el oído derecho. Para consolarme de este despeñamiento vital me gusta recordarme una opinión que compartieron en un encuentro Carrillo y Saramago, cuando los dos eran ya ochentones, según la cual a los setenta aún se habían sentido “como chavales” y su vejez “de verdad” solo empezó a partir de los ochenta. ¡Y yo haciendo dramas a los 43!