lunes, 11 de diciembre de 2017

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En su libro de artículos ¿Y cómo eran las ligas de Madame Bovary?, Francisco Umbral escribe:
El Imperio español tuvo sus ásperos cronistas, pero todos son mirados hoy de reojo, como si hubieran escrito con sangre. Kipling, en cambio, es adorado por su pueblo. He aquí que son grandes y completos los países que se proponen serlo y no practican la acerba autocrítica española.
Se equivoca Umbral. Eso de que los Bartolomés de las Casas surgen solo en España es falso. Kipling fue ya vilipendiado en vida por sus propios compatriotas, que lo acusaron no solo de imperialista sino hasta de fascista (lo cual no era, e incluso fue de los primeros que se opuso a Hitler). Fue adorado por los reaccionarios y conservadores británicos, eso sí; pero los progresistas lo detestaban. Escritores y críticos británicos como Robert Buchanan, H. G. Wells, C. S. Lewis o George Orwell lo denunciaron. Robert Buchanan dijo: “Kipling es un exaltado y bárbaro cuyo jingoísmo brutal y cuya vulgaridad popular lo vuelven deplorable, retrógrado y salvaje”; George Orwell: “Kipling es un patriota visceral, un jingoísta imperialista, desprovisto de sensibilidad moral y estéticamente repugnante”. Ello no impide que incluso sus mayores detractores deslinden los valores de su literatura, a veces odiosos, de su calidad literaria excelente. Un caso, quizá, como el de Quevedo.