viernes, 8 de diciembre de 2017

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En La vida está en otra parte, de Kundera, aparece un personaje que coincide conmigo en estas aprensiones:
La mamá había tenido desde la infancia una fuerte repugnancia por todo lo corporal, no sólo por lo de los demás sino por lo suyo propio; le repugnaba tener que sentarse en el retrete (trataba siempre de que, por lo menos, nadie la viera entrar allí) y había pasado épocas en las que incluso le daba vergüenza comer delante de los demás, porque masticar y tragar le parecía asqueroso.
A mí me pasa lo mismo, y de hecho el único problema de mis tres gatos es que me siguen hasta cuando voy al baño y se me quedan mirando. ¡Un poco de intimidad, por favor, que quiero comer solo, mear solo y ducharme solo!