viernes, 8 de diciembre de 2017

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A favor de la gloria artística y en contra de la gloria política. Cuando hablo de la gloria como algo apetecible, me refiero a ese desprendimiento que hace que los escritores, en lugar de trabajar en la fruslería del momento para lograr el éxito o ganar unos euros, se oculten durante años en una habitación de mala muerte para tratar de escribir Rojo y negro. Se trata de un egoísmo también altruista, si se quiere hasta ridículo, pues sus posibles resultados solo se conocen una vez de muerto: quien busca la gloria trabaja para los gusanos. La gloria en lo político, en cambio, es una gloria situada en este mundo y es una calamidad que se traduce casi siempre en número de ataúdes. Pocas cosas me revuelven más las tripas que se ponga al mismo nivel a Alejandro Magno y Aristóteles, a Augusto y Virgilio, a Felipe II y Rubens, a Napoleón y Goethe, o a Churchill y Virginia Woolf.