domingo, 17 de diciembre de 2017

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O sea que toda esa historieta de los vascos como identidad, de Euskal Herria como emanación psicológica de lo que somos, de un hilo espiritual que conecta a todos los habitantes que viven entre el Adour y el Ebro desde Santimamiñe al Guggenheim, en mi caso, cuando decidí venirme a Madrid, solo me duró cinco años: precisamente los cinco años en que vivió mi perro Argi, a quien hablaba siempre en euskera. ¡Un perro era todo lo que me unía a los ancestrales y esenciales vascos! ¡Cinco años solo, y ese lugar ya me era tan lejano como Tanzania! ¡Menudo timo la vasquidad!