sábado, 16 de diciembre de 2017

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Recuerdo la ironía con que leí el comienzo de las Confesiones de Rousseau:
Emprendo una obra de la que no hubo jamás ejemplo y cuya realización no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes a un hombre en toda la verdad de la naturaleza, y ese hombre seré yo.
A Rousseau hay que reconocerle un papel fundador en el confesionalismo, porque lo que se había realizado antes (San Agustín, Cellini, Montaigne) no alcanzaba ni de lejos la pornografía de vivencias y sentimientos a la que iba a llegar el filósofo suizo. Claro que lo que vino después… ¡Qué pensaría Rousseau de esta época, en la que (casi) todos contamos nuestra vidita hasta en el más mínimo detalle, mucho más incluso desde la llegada de Internet, y hasta existe un género literario llamado memorialístico o confesional, él que pensaba que sus confesiones no iban a tener imitadores!