viernes, 15 de diciembre de 2017

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Lo que más me sorprende de mi poesía, ahora que llevo mucho tiempo sin escribir versos y puedo opinar con distancia, es la diferencia de calidad entre mis poemas de amor y los demás poemas que escribo. Y sospecho que ese plusvalor procede del miedo que tengo a las mujeres, del terror a que me vean desnudo (salvo que esté muy borracho), del asco por penetrarlas: jamás he superado mi visión del sexo como algo sórdido y propio de primates (muy distinta es la adoración que siento por la caricia, el beso, por lamerles el clítoris o que me chupen la polla, pero eso me parece otro sexo porque se puede hacer vestido). Los hombres normales no permiten que la mujer que aman les dure en la cabeza porque enseguida hacen el amor con ella, la penetran y “la resuelven”, y al resolverla crean una tregua, mientras que yo no conozco treguas con ellas y enseguida me nace una neurosis que provoca que la amada se me vuelva musa y la musa diosa: de ese bucle me nacen los poemas de amor, que sospecho que son mucho mejores que el resto de mis poemas por la sencilla razón de ese miedo atroz, martilleante, vergonzoso, inextinguible, de esa mujer que-no-consigo-sacarme-de-la-cabeza hasta que logro eyacularla en verso.