miércoles, 13 de diciembre de 2017

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En su artículo Sobre la tumba de Costa, Unamuno explica su famosa expresión “¡que inventen ellos!”, que tiene un significado más moderado del que la gente cree:
Es inútil darle vueltas. Nuestro don es ante todo un don literario, y todo aquí, incluso la filosofía, se convierte en literatura. Nuestros filósofos, a partir de Séneca, son lo que en Francia llaman moralistas. Y si alguna metafísica española tenemos es la mística, y la mística es metafísica imaginativa y sentimental. ¿Es esto malo? ¿Es bueno? Por ahora no lo decido; sólo digo que es así. Y como hay y debe haber una diferenciación del trabajo espiritual, así como del corporal, tanto en los pueblos como en los individuos, a nosotros nos ha tocado esa tarea. En Suiza no pueden desarrollarse grandes marinos. Alemania, v. gr., nos da a Kant, y nosotros le damos a Cervantes. Harto hacemos con procurar enterarnos de lo suyo, que su ciencia y su metafísica fecundará nuestra literatura, y ojalá nuestra literatura llegue a ser tal que fecunde su ciencia y su metafísica. Y he aquí el sentido de mi exclamación, algo paradójica –lo reconozco– «¡que inventen ellos!», exclamación de que tanto finge indignarse algún atropellado y atropellador, cuyo don es el de no querer enterarse o hacer como que no se entera.