martes, 12 de diciembre de 2017

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Borges coincide con el poeta Gabriel Aresti en no querer que se pongan nombres de escritores a las calles, porque considera que el nombre de la calle se vuelve al final más famoso que el propio escritor, que termina siendo citado por la gente de a pie sin saber realmente quién fue. Y tiene mucha razón. El mejor homenaje a un escritor es leerlo: con el dinero que se gasta en estatuas y placas callejeras se podrían mejorar los fondos de las bibliotecas. ¿De qué sirve poner el nombre de Jorge Guillén a cien calles o escuelas si luego nadie lo lee?