martes, 12 de diciembre de 2017

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Se me está cayendo Lorca, uno de mis poetas de juventud. Nunca salió de lo folclórico. Volví a leer anoche Poeta en Nueva York, que nunca se me había caído (aunque ahora creo que lo mejor de él son sus Sonetos) y por primera vez me pareció que seguía haciendo folclore: los negros son los gitanos y Wall Street es el demonio protestante y emprendedor que no puede soportar un católico cerril como él (él, tan acostumbrado al colegueo y clientelismo cutre de Madrid, el que hacía decir a Bergamín que la Generación del 27 era Generación del 27 S.A.). En Poeta en Nueva York hay menos surrealismo del que se dice y sí mucho simbolismo, no siempre de buena calidad: entre versos maravillosos te encuentras con calamidades como “el judío empujó la verja con el pudor helado del interior de la lechuga”, que revelan poco trabajo. Sucede que a Lorca, un autor con una fantasía y un don para la música colosales, le falta verdad: no se puede convertir al gitano o al negro en un motivo literario dejándose por el camino el cogollo de lo humano (el gitano y el negro reales se le escapan), algo que nunca ocurre con autores como Antonio Machado, César Vallejo, Miguel Hernández o Idea Vilariño. Lo mejor de su libro neoyorquino es desde luego Ciudad sin sueño y sobre todo la Oda a Walt Whitman… obra maestra absoluta… ¡y homófoba! Para liberarse de las ataduras de la religión y la costumbre… ¡cuánto le hubiera ayudado leer a Gide, a quien sí leyó Cernuda, un poeta con menos genio pero que llegó más lejos que él!