lunes, 13 de noviembre de 2017


Nietzsche, un enemigo natural al que amo. ¿Qué me pasa con Nietzsche? ¿Qué pienso realmente de Nietzsche? A priori, es un escritor que me da náuseas: su misoginia, su aristocratismo, el tono olímpico con el que escribe algunos de sus libros, más propio de un troll que de un sabio o un filósofo, su desprecio por los débiles, su antiigualitarismo, su admiración por los sofistas, su esteticismo a ultranza, sus panegíricos en favor del dios del Antiguo Testamento y de todos los genocidas (Alejandro Magno, Julio César, Napoleón), en quienes encuentra la más alta concreción de su lamentable “voluntad de poder”, no me dejan más opción que considerarlo un antagonista a batir. Y sin embargo, ¿a quién he leído yo más que a Nietzsche, salvo a Hugo, Neruda, Balzac, Quevedo, Shakespeare, Borges, Cioran y Umbral? ¿Y no es cierto que es el autor con el que más me río, a veces con él y a menudo de él? ¿No es cierto también que a veces me siento mal por reírme de un ser tan débil y siento ternura por aquel enfermo solitario que fingía fuerza y salud? ¿Y además cómo iba solo a reírme de un escritor al que considero un genio de una magnitud solo comparable a la de Hugo o Shakespeare?