jueves, 19 de octubre de 2017


En el western aún no se había perdido el sentido de la medida en las hazañas, que es un índice de la calidad de la película. En La diligencia, el protagonista guarda tres balas para matar a sus tres enemigos; en El hombre que mató a Liberty Valance, John Wayne y su criado desafían a Liberty y dos de sus hombres; en El Último pistolero, otra vez es John Wayne el que mantiene un desafío final contra tres vaqueros. Obsérvese que es el héroe contra tres o incluso el héroe y su criado contra tres: un enfrentamiento difícil pero no imposible de superar. El espectador mantiene la atención porque el resultado de la balacera no es seguro (en El último pistolero, de hecho, el camarero mata a John Wayne después de que éste haya matado a sus tres antagonistas). La proporción de muertos aumenta en los combates contra los indios, pero es normal que un vaquero que lleva un revólver o un rifle pueda matar a cuatro o cinco indios que solo cuentan con flechas: el pacto de verosimilitud se mantiene. Nada que ver con las astracanadas de Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger, Jean Claude Van Damme o por ahí, en las que el espectador relaja su atención porque las hazañas son tan desmedidas y las carnicerías tan exageradas que mueven a la risa. Un hombre en solitario que esquiva una lluvia de miles de balas como si nada y mientras tanto va matando a cincuenta o cien enemigos no es un héroe, ni lo que está haciendo una hazaña: se trata, simplemente, de un insulto a la inteligencia del espectador.