jueves, 10 de enero de 2013

EL HIJO DE PUSKAS: A veces los caseríos mienten


Mi caserío se llamaba Astobieta y la mayoría de los aldeanos se dirigían a mí con su nombre, mutile, tú eres Astobieta, cómo se nota que eres Astobieta, te reconocería a mil kilómetros de distancia, etc. Pocos vecinos me llamaban Alberto, algunos ni siquiera conocían mi nombre. Me decían Astobieta o me llamaban por mi apellido, que es también otra casa: Basterrechea significa en castellano "casa de la esquina". En Lauros existía tal adoración por la casa que se llegaba al punto de atribuir algunos rasgos de tu físico o personalidad al caserío exacto donde habías nacido. Estas cosas Iratxe no las entendía mucho:

–¿Cómo? ¿Que tú eres soñador y tienes la nariz grande porque el caserío Astobieta te ha hecho así?
–Sí, eso dicen.
–Estáis locos.

Los de Astobieta éramos soñadores y teníamos la nariz grande, los de Landabaso eran chaparros y de genio vivo, los de Udaberri gordos y fanfarrones, los de Ibarrekolanda finos y trabajadores, y en ese plan. Existían multitud de casos que iban contra estas estereotipias, pero también para ellos existían los correspondientes antídotos:

–¿Y cómo es que Julián pesa ciento veinte kilos si ha nacido en Iberres?
–No, es que Julián nació en Udaberri. No llegó a Iberres hasta el día siguiente.

La consideración de la propia casa como deidad era tan exagerada que en las ocasiones más trascendentales y de tristeza inusitada algunos aldeanos hablaban con los caseríos. Esto parece increíble y también nos lo parecía a los chavales de entonces, que celebrábamos mucho algunos sucedidos de nuestros padres y abuelos:

–Si os cuento una cosa os vais a reír.
–Di.
–No te mata que el martes pasado, cuando voy por la tarde a coger moras, me encuentro a aita hablando con la casa. Os lo juro: ¡hablando con la casa!

Y era cierto que algunos lo hacían, y no era el común “hablar con las paredes”, que solemos decir, sino que hablaban literalmente con la casa: se iban a la parte trasera del caserío y allí, separados cinco o seis metros de la pared, ora mirando hacia el tejado, ora mirando al suelo y ora mirando a todas las piedras comprendidas entre ellos, se ponían a decir cosas íntimas y tremendas, como si estuvieran confesándose ante un cura.

–¿Y qué decía?
–Que los hijos le tenemos abandonado, que desde que murió el difunto aitite todo va a peor, que nosotros somos unos zánganos, que el precio de la leche cada vez es más barato y como la cosa siga así va a tener que vender algún terreno, que siente que se va a morir enseguida...
–¿Y a vosotros no os ha dicho lo mismo?
–¿A nosotros? A nosotros ni mu.

Decían a los caseríos confidencias que nunca se atrevían a hacer con nosotros, y de ahí esa impresión mía que abundaré en capítulos posteriores, de que el gran fallo de los aldeanos, al menos de los aldeanos de Lauros que conocí, es que la mayoría de sus moradores eran unos castrados afectivos, muy poco dados a efusividades ni confesiones, con lo que eso consuela. Esa carencia la subsanaban poniéndose a hablar con la casa, que se convertía para ellos en una válvula de escape. Cuántas veces, en mis conversaciones con algunos de ellos, y a la hora de despedirnos, me decían medio en broma medio en serio:

–Bueno..., ya es tarde. Me voy a hablar con la casa.

Los aldeanos hablaban a la casa de forma clandestina, pero conocí uno que lo hacía a plena luz del día y delante de todos, y con el que guardo una historia con burro que me ha marcado un poco. Ese aldeano era Tiburcio, que vivía en Leku-Berri, un caserío blanco y cuadrado que contaba con una sola bombilla y el tejado sin terminar. Tenía diez o doce vacas y un burro que le acompañaba a todas partes, lo mismo cuando cortaba hierba que cuando apacentaba el ganado que cuando dormía, pues Tiburcio solía dormir allí donde tenía sueño, lo mismo en la hierba que encima de la carretilla. A Tiburcio le vi una vez pegando e insultando al agua de su fuente, siempre acompañado de su burro, y entre varias barbaridades decía que la trenza que llevaba mi hermana mayor era suya, pero ni con esas pudimos convencer mis tres hermanas y yo a nadie de que Tiburcio estaba completamente loco:

–¿Loco Tiburcio? ¡El más inteligente! –decía mi padre.
–¿Loco? Se hace el loco. Menudo bicho es ese –decía Higinio.
–¿Loco? Ya me gustaría estar a mí así de loco –decía mi tío Hilario.

Tiburcio era una especie de Diógenes que vivía con su burro y no se lavaba ni usaba cubiertos para comer ni mantenía relación con ningún otro aldeano, a tal punto que pensé hasta los doce o trece años que no sabía castellano, pues siempre que hablaba con su casa lo hacía en euskera, pero una vez vino a mí con el semblante demudado y me dijo en castellano:

–Basterrechea, ¿no está mi burro aquí?
–No, Tiburcio, aquí no está.
–¡Pues la casa me ha dicho que el burro está en Astobieta!
–Pues no, Tiburcio, aquí no está.

Con lo que descubrí que Tiburcio no sólo hablaba con la casa, como hacían otros aldeanos, sino que la casa le contestaba, detalle éste que tampoco me sirvió para convencer a los demás de que estaba loco. Uno o dos años después su burro se moriría y comenzó a extender por el pueblo, no te lo pierdas, que se lo había matado yo, y así me lo dijo también a mí:

–Me has matado el burro, Astobieta, me has matado el burro.
–Qué te voy a matar el burro, Tiburcio.
–La casa me lo ha dicho: “El hijo de Nicasio te ha matado el burro”. Y la casa no miente.
–¡Calla, loco!

Dos meses después de esta conversación Tiburcio murió y su muerte me hizo sentirme un poco culpable, porque aunque Tiburcio tenía 70 años y había vivido en condiciones de dejadez y mala alimentación, justamente se fue a morir dos meses después de la muerte del burro que le había acompañado los últimos veinte años de su vida, el animal que era su única compañía, y en Lauros se empezó a decir que no había podido superar la muerte de su burro. El mismo burro que le maté yo, según la delación de su mentirosa casa.

Luego, ya en Madrid, a pesar de que no creo en los espíritus de los caseríos y tampoco en su capacidad para configurar la personalidad y rasgos físicos de sus moradores, como creían la mayoría de aquellos aldeanos, no pude soportar que las gentes madrileñas vivieran en pisos con nombres como 3º B, 7º IZQ, 10-6..., nombres fríos y exactos, nombres masculinos, pues los números se me hacen masculinos, y para luchar contra ese desnatural le propuse a Iratxe llamar al nuestro Pasiega, nombre de vaca, y así se llamó mi primer piso de alquiler, Pasiega, vaca carranzana que tuve en mi adolescencia, ante el asombro cada vez más grande de Iratxe: 

–¿Llamar a un piso con nombre de vaca? Confirmado: estás peor de la cabeza que ellos.

Pensé ponerle Tiburcio en homenaje a aquel loco, pero ya he dicho que no me gustan los nombres masculinos para nombres de casa. Más tarde, cuando se me murió mi perro Argi y me di cuenta del daño que puede hacerte la muerte de un animal querido, me volvió el recuerdo de Tiburcio y su burro, y me arrepentí de nuevo de haberle tratado así, por mucho que la acusación que me dirigió fuera muy grave, pues yo ya sabía que Tiburcio estaba loco. Aquel hombre se murió y no pude decirle de buenas maneras Tiburcio, loco, yo no te maté al burro, ya sé que lo querías, te juro por mi padre que no lo hice, no te creas todo lo que dice tu casa, tu casa puede equivocarse, a veces los caseríos mienten.
.