domingo, 30 de diciembre de 2012

Hablar o balar


Es una cosa estupefaciente en qué se va convirtiendo mi vida con mi propio y alegre consentimiento. Quizá os acordéis de que esta misma Nochevieja, por primera vez en la historia de mis días, voy a cenar en la casa de los padres de mi novia, de cualquier novia que haya tenido, y para ello estoy siendo adiestrado de forma acelerada para aprender pentagramas y no hacer el ridículo.

Lo primero que debo hacer, me ha dicho Natalia, es sepultar la ropa de quinceañero mangante que me suelo poner, que es precisamente TODA la ropa que tengo. Para remediarlo salimos de tiendas ayer mismo y Natalia me eligió este jersey de lana acrílico color granate y esta camisa de algodón con rayas blanquiazules. Nada tengo contra las camisas, salvo que se las ponga su abuela, y tampoco contra los jerseys con cuello de pico, salvo que los odio con todas mis fuerzas. De los zapatos aún no hablo porque pateamos mil tiendas pero Natalia no encontró un solo par que fuera lo bastante aburrido. Creo que su intención es disfrazarme de cachorro de las Nuevas Generaciones, yo que no me he disfrazado en mi vida, ni siquiera en Carnaval.

En fin. Ya veis qué palinodia. Y lo peor de todo es que llevo unas semanas, justo desde que he vuelto con Natalia, en que se me está empezando a olvidar el castellano oral. Os hablo muy en serio. Aún consigo maldominar el castellano escrito con el que puedo redactar estas líneas, pero cuando trato de comunicarme con los demás, al menos con Natalia, me nace un extraño lenguaje, no sé, me sale un grmgf, bbmmmf, bbeeglfhid, luego un beemmf, bbeeeghggg, y al final estallo:

–Beee, beeeeeee, beeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee.