No he conocido caso más evidente de split personality, de un ser humano, albergando dentro de sí dos personas distintas, que el de Juan Ramón Jiménez. Había en él, de un lado, la persona que pudiéramos llamar Jiménez-Jekyll, es decir, el poeta conocido de todos, digno de admiración y de respeto; de otro lado, el Jiménez-Hyde, bastante menos conocido, la criatura ruin que arrojaba procacidades a la cabeza de unos y otros. Lo triste es que Jiménez-Hyde fue dominando poco a poco a Jiménez-Jekyll, hasta llegar casi a destruirlo, y no parece azar que el escrito último que Jiménez publicara en vida fuese un ataque virulento contra Pablo Neruda.
Vano sería preguntarse ahora la causa para tal división de su personalidad: en gran parte dicha dicotomía parece posible atribuirla a una crisis, un choque de una monstruosa vanidad ultrajada. Jiménez creía en verdad que la poesía española había llegado con él a una cima de perfección antes nunca alcanzada por los poetas anteriores; por tanto le resultaba grotesco e imperdonable que otros poetas más jóvenes pretendieran seguir escribiendo y (lo que agravaba todavía más su crimen) gustaran a los lectores.
De ahí la campaña de difamación que desde hacía unos veinte años emprendiera contra los poetas más importantes de la generación que yo mismo he llamado de 1925. Cierto que con anterioridad a esa fecha solían circular por Madrid anécdotas más o menos divertidas acerca de alguna pulla de Jiménez contra Fulano o Mengano. Mas los que entonces le admirábamos, ciegos ante la maledicencia diabólica ahí aparente, preferiríamos considerarla más bien como justicia rara en medio de los compromisos y transigencias de la vida literaria española.
La gracia además no faltaba a sus críticas de aquellos años. Recuerdo cómo, en ocasión que alguno pronunciara ante él el nombre de Guillermo de Torre, Jiménez, elevando al cielo los ojos y moviendo la cabeza con aire de conmiseración profunda, dio: “¡Pobre padre!”. Pero otras veces la saña, y hasta la calumnia, envenenaban ya sus palabras. Y juzgando que los ataques personales en privado no bastaban ya para luchar contra aquellos poetas del 25 cuya reputación crecía, adoptó a un poetastro con léxico de mamotreto, colaborador de un diario nocturno madrileño, para que, bajo la égida de Jiménez-Hyde, ventilase contra tales poetas no sólo los rencores personales de aquél, sino los otros personales del poetastro mismo, que no escaseaban. Algo semejante, en suma, a lo que hace cierto personaje femenino de Galdós (si no recuerdo mal es una bordadora y aparece en La Fontana de Oro), confiando a su gato ciertos encargos sucios, a ejecutar en la casa de aquellos vecinos con los que se había malquistado.
La guerra civil, alejando a Jiménez de España, puso término a aquella secreta y fea alianza: pero no al odio de Jiménez-Hyde hacia los poetas citados, sus amigos antiguos, ahora viviendo (los que no habían muerto), esparcidos por el mundo y en circunstancias difíciles. Ahora tiene que conducir el ataque en su nombre propio, lo cual, lejos de arredrarle, le estimula; porque su arremetida contra Aleixandre, por ejemplo, fue una de las más miserables y calumniosas que jamás llevara a cabo. Precisamente por las fechas en que dicho ataque se hizo público (en la revista cubana Orígenes) debía yo escribir el capítulo correspondiente a Jiménez para mi libro Estudios sobre poesía española contemporánea.
Mi admiración juvenil hacia su obra se había ido extinguiendo, y de ella no quedaba rescoldo alguno; mi indiferencia era tal que ni siquiera tuve curiosidad de hojear Animal de Fondo, uno de sus libros últimos. De no haberme repugnado tanto el ataque a Aleixandre tal vez hubiera tratado de disimular mi indiferencia hacia el poeta del que debía ocuparme; pero su conducta me parecía volverse sobre todo contra la misma persona de Jiménez, su dignidad, contra aquella antigua actitud irreprochable que fue quizá el motivo principal de la admiración y el respeto que le dedicaron los jóvenes. Y avergonzado de él, decidí entonces exponer sin paliativos mi opinión sobre su obra.
LUIS CERNUDA, fragmento de Los dos Juan Ramón Jiménez (1958), recogido en Prosa I. Volumen II, Siruela, Madrid, 1994, págs. 731-733
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