domingo, 29 de julio de 2012

TROYA LITERARIA (513): Cernuda contra Juan Ramón Jiménez (I)


Cuando Paul Valéry visitó Madrid en el año 1924, hubo de escribir ciertos versos de circunstancias, para corresponder con ellos a una atención de J. R. Jiménez; éste, enviándole un ramo de rosas, se había disculpado de no asistir a ninguno de los actos en que intervino el poeta francés, por su desagrado de las ceremonias públicas. Valéry, que negó siempre el juego de la inspiración en su trabajo de poeta, no sabía al escribir dicho poemita cómo la inspiración le llevaba a decir algo importante respecto de su colega español, acerca del cual él nada conocía.

“Otra vez la puerta cerrada”, primer verso del poema en cuestión, parece, en efecto, símbolo de la actitud de Jiménez frente a la vida: “Yo tengo escondida en mi casa, por su gusto y el mío, a la Poesía, como a una mujer hermosa; y nuestra relación es la de los apasionados”, escribió Jiménez en cierta ocasión. Claro que a quien ha podido esconder en su casa a la poesía, o cree haberla escondido, ¿qué le importa la vida? Sobre todo cuando ese quien estuvo siempre predispuesto a menospreciarla. Ya en una nota autobiográfica, publicada por la revista Renacimiento (1907), escribe Jiménez: “La indiferencia más absoluta por la vida”.

Aunque algo retrasada entonces, ésa había sido actitud frecuente entre algunos escritores durante el fin de siglo (actitud de la cual se burló sutilmente André Gide en su librito Paludes); desdén por la vida que dictó a Villiers aquella frase de: “¿Vivir? Nuestros criados se encargarán de eso”. Para Jiménez, a quien alguien más allegado a él que un criado se encargó siempre de “vivirle”, dicha actitud responde a un rasgo principal de su carácter y por eso perdura en él aunque pasara de moda.

Toda su vida ha sido una vida de enclaustrado: encierro en Moguer durante sus años juveniles; encierro luego en la Residencia de Estudiantes, Madrid; encierro en su casa después de casarse; para no aludir al encierro en el Sanatorio del Rosario, del doctor Simarro. Desde su torre de marfil (me molesta la frase, pero justamente debo emplearla aquí) pudo otear allá abajo a los hombres que se afanaban miserablemente y cuyos afanes nunca compartió ni le interesaron. Recuérdense cuántas cosas han acaecido en España y en el mundo durante el gran lapso de tiempo que Jiménez lleva de vida; pues ninguna de ellas pudo hacerle sentir remordimiento de su actitud inhumana. El individuo Juan Ramón Jiménez es para él la medida de todo y todo debe subordinársele.

Otro rasgo dominante hallamos pronto en él; pero éste se refiere a su actitud estética así como el anterior a su actitud vital. En una “Carta” publicada en el número 6 de la revista El Hijo Pródigo, escribe Jiménez estas palabras que traduce de Santayana y suscribe: “Mi verdadero poeta es el que coge el encanto de cualquier cosa, cualquier algo, y deja caer la cosa misma”; anteponiendo a ellas otras suyas: “Lo que siempre me tienta es la sensación que el fenómeno produce” (Me parece difícil que Jiménez ignorase cómo esas palabras de Santayana, así como las otras suyas, no son sino una traducción de una de Mallarmé: "No pintar la cosa, sino el efecto que produce". El verso no debe, ahí, componerse de palabras, sino de intenciones, y todas las palabras borrarse ante la sensación). Impresionismo es la denominación histórica de dicha actitud; mas aunque tengamos en cuenta las modas literarias y artísticas de fin de siglo, en lo que respecta al origen de la misma, no basta para explicar su persistencia en Jiménez una vez pasado el momento de boga. Subsiste en él porque, lo mismo que la actitud vital ya mencionada, responde a otro rasgo principal de su carácter: el subjetivismo egotista.


LUIS CERNUDA, fragmento de Juan Ramón Jiménez, recogido en Prosa I. Volumen II, Siruela, Madrid, 1994, págs. 141-143
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