sábado, 7 de julio de 2012

TROYA LITERARIA (490): Trapiello contra Rilke


Como el trabajo no se interrumpe tampoco aquí, tiene uno que leer los diarios de Rilke de 1900 en Florencia y los que escribió poco después en Moscú. ¿No es extraño? En absoluto podríamos decir que Rilke carece de interés. Hay algunos escritores que son para nosotros fundamentales, pero pasada su influencia, los miramos sin comprenderles bien, quizá porque tampoco nos comprenderíamos a nosotros mismos en los que fuimos ni en los maestros que asistieron nuestra mocedad. ¿Por qué no logrará conmoverle a uno como hace veinte años? ¿Cómo es que no consiguen toda nuestra admiración de entonces los extraordinarios poemas del Libro de horas?

Ahora lee uno con impaciencia sus sonetos a Orfeo, sus elegías duinesas, al contrario de lo que sucede con otros escritores, que devoramos una y otra vez sin llegar jamás al fondo. No sé, le resulta a uno cargante ese estado de permanente elevación. Quizá la naturalidad en él sea precisamente ese estar en trance continuo. Se diría que no hay tierra bajo sus pies, porque parece haber sido concebido por los ángeles. Pero no ángeles como San Rafael, pongamos por caso, o cualquiera de los que tomaron forma humana, sino esos otros que en forma de burbuja se pasean invisibles por el éter llenándolo de Presencias. Así, todo ese interés suyo por dilucidar cosas que dan un poco igual, o sobre las que vuelve en virtud de su propia experiencia personal (“Rilke”, se ordena a sí mismo, “piensa sobre tal o cual cosa”, y le vemos salir de una cosa como un perdiguero que busca el alma de unas taramas en forma de perdiz. Ni que decir tiene que el aura del mundo posee para él dos grandes alas invisibles, pero de plumón blanco). Y por ello se muestra uno ajeno a tanto angelismo, al contrario de lo que ocurre con la mística española, brotada de una fuente por la que corre agua real a temperatura, más fría o más caliente, real. Y claro que no carece de valor ni mucho menos. Pero sucede con él como con esos pintores tipo Durero. Pinta con pincel de un pelo, y cuando acaba lo parte en tres.

Para buscar una mayor ambientación, vinieron en nuestra ayuda las cartas suyas de ese período a Clara Rilke y a Lou Andreas Salomé. No sé, las cosas que dice, por ejemplo, de Tolstoi y de su visita a Yasnaia Poliana. Lástima, pensamos, que se fijara en esas y no en otras. Creo que mira confusamente el mundo porque no acaba de verse a sí mismo sino de un modo atropellado. Suele decirse que si la manera de pensar de alguien es confusa, la confusión será su claridad. Es posible, pero tanto mejor sería si pensara claramente lo confuso, no confuso lo claro, por muy hermético que tenga el temperamento. Lo apreciamos por haber hecho tantos kilómetros para conocer a Tolstoi, que ya entonces era una celebridad mundial (y qué tonto el que Rilke se refiera siempre a él como “conde”, sin apearle el tratamiento, quizá porque pensaba que siendo conde tenía mucho más valor lo que había escrito), pero llegar allí para confirmar el rango nobiliario que tiene no es aceptable. Para saber que era un aristócrata no valía la pena ni iniciar el trabajo; sí, en cambio, llegar allí para confirmar su humanidad, lo que tenía de hombre común, ya que lo que Tolstoi le ha arrancado a la naturaleza humana lo obtuvo de un hombre común, no del Gotha.


ANDRÉS TRAPIELLO, La cosa en sí, Pre-Textos, Valencia, 2006, págs. 260 y 261
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