sábado, 19 de mayo de 2012

BATANIA / NEORRABIOSO: YO TAMBIÉN EMPECÉ EN EL BUKOWSKI CLUB: Nuevas aplicaciones del pulgar


Vayan tres advertencias por delante: a) la siguiente historia lleva dos rombos y por tanto no pueden leerla los mayores de cuarenta años, b) voy a jurar siempre que es ficción pura, producto de mi sola minerva fabuladora, y c) fijaos bien en la pequeñísima foto que he adjuntado a la derecha de estas líneas. Fue hace unos ocho o nueve meses.

Aunque dejé los foros de poesía en septiembre de 2008, he seguido en contacto con muchos foreros y a veces he quedado con ellos. Del conocimiento no virtual de estos poenautas puedo decir que algunos se parecen mucho a la imagen que dan en la red, otros se parecen un poco y algunos no se parecen en nada. Este forero resultó de la bandería de los que no se parecen en nada. Le sugerí por teléfono quedar en una jam session del Bukowski:

–¿El Bukowski? ¿Y qué jacas van al Bukowski?

Me reí. Entonces no le di ninguna importancia a ese comentario, porque a los chicos nos gustan las chicas y a las chicas les gustan los chicos. Nada raro. Quedamos en el Bukowski el 13 de mayo: lo recuerdo porque fue la primera vez que escuché cantar a Olaia Pazos. Tras una jam bastante floja donde el único que se salvó fue Rodrigo Galarza, la garganta cimbreante de Olaia reventó el local y me salvó la noche. A mi lado, sin embargo, el forero recién conocido se aburría; no pareció entusiasmarse ni con Olaia ni con las habituales demostraciones de Orviz o Aldeguer. Al final de la jam me dijo:

–Pero aquí, Batania…, ¿sólo vienen chorbos?

Tenía razón. Aunque en el Bukowski suele mandar el color macho por una diferencia, digamos, de seis ejemplares a cuatro, lo de aquella noche era exagerado: los chipirones dominaban a las almejas por ocho a dos. Mi huésped estaba decepcionado.

–Joder –le consolé–, qué esperabas de un bareto que se llama Bukowski.

Tras la jam nos fuimos al Angie y después al Mercurio. Sobre las tres de la madrugada nos cerraron todo, por lo que nos sentamos en dos bolardos de la calle San Vicente Ferrer y nos pusimos a esperar a los chinos. Ya he contado muchas veces que en algunas zonas de Madrid los chinos patrullan las calles de madrugada con un carrito de la compra en la mano. En el carro llevan coca-colas y mahous que venden a un euro. También venden bocatas o raciones de arroz y espaguetis a dos cincuenta, pero aquella noche estábamos por las mahou.

–Dos mahous, por favor –pedí yo.
–No, no –me decía mi compañero–. Pide ocho o nueve. Con dos no tenemos ni para empezar.
–Tranquilo, flecha –le respondí yo–, que los chinos no desaparecen. Hay más de mil millones. En menos de diez minutos aparece otro.

Fuimos vaciando mahous una tras otra, de forma que a eso de las cinco de la mañana ya pasábamos de los dos dígitos. Mientras bebíamos íbamos hablando de los chinos, del Barça y el Madrid, de Valentino Rossi (él prefería a Jorge Lorenzo) y de la vida pesadillesca y maravillosa en los foros y los blogs, donde hay tantas razones para irse como para quedarse. Y de pronto me suelta:

–A ti…, Batania…, ¿qué foreras te gustan? Me hizo la pregunta con una sonrisita lagarta, de esas que capta todo el mundo menos yo.
–No sé –respondí–. Roxana, Elia Maqueda, Blanca Sandino… Por ahí.
–¿Y Mengana?
–¿Mengana? También. Algunos poemas me gustan más que otros, pero también.

Pareció decepcionarse. Que Mengana no me gustara tanto como las tres primeras le incomodó. La llamo Mengana por la misma razón que no digo el nombre ni la procedencia del forero: no quiero pisar ningún charco.

–Lo que pasa es que tú no sabes leer a Mengana.
–Seguramente –contesté–. Qué le voy a hacer.
–No –precisó–. Es que Mengana es distinta. A Mengana, para leerla bien, hay que leerla con las manos.
–¿Con las manos? -exclamé.

Bajó entonces la voz y adoptó un aire pedagógico. Con mucho secreto, me fue explicando que Mengana, su poeta favorita, tenía en el foro, junto a su nick, una foto en la que aparecía con su novio. Su novio o su marido, ya no me acuerdo bien. Esa era la clave de todo, me dijo. Yo seguía sin entender nada. El forero continuó:

–Todos tenemos dos manos, ¿me sigues hasta aquí?
–Sí –le dije yo.
–Debes coger el pulgar de la mano izquierda, ¿me sigues?
–Te sigo.
–Y lo pones en el portátil tapando el careto de su novio, ¿me sigues?
–Que sí.
–Y entonces, con los cinco dedos de la mano derecha, te abres la bragueta y…

Y me hizo la representación de lo que literariamente se dice gayola, técnicamente masturbación y en neorrabioso llamamos paja. Yo alucinaba. Bueno, no alucinaba: me entró tal ataque de risa que casi devuelvo las catorce o quince mahous que me había bebido en las últimas ocho horas. ¡Ahora entendía todo! ¡Leer poesía con las manos, vaya invento! ¿Será posible que existan tales enfermos detrás del portátil?

–Me estás vacilando –le dije–. No puedes estar tan loco.
–Te lo juro por mi madre. Estoy así de salido. Mi poeta favorita con diferencia, ya te he dicho.

Tres días después seguía riéndome cada vez que me acordaba de aquella anécdota. Hay que ver. Con la de fotos a toda pantalla de Beyoncé o Jennifer López o Elsa Pataky que existen en la red, con la de vídeos porno de Paris Hilton o Pamela Anderson o Lucía Lapiedra que te puedes descargar gratuitamente, y los hay tan colgados que se van a un foro de poesía a hacerse una paja con una foto casi invisible de 3x3 centímetros, y le aplican el pulgar de la otra mano y lo que haga falta.

Aquello me hizo reír mucho pero también me hizo reflexionar. Una golondrina no hace verano, pero vete a saber. El que sigue este blog sabe que suelo poner fotos mías de vez en cuando. También pongo fotos de Iratxe o fotos donde aparecemos juntos. Pues bien: desde aquella anécdota decidí no publicar más fotos en las que Iratxe y yo saliéramos juntos. También borré las que tenía publicadas. Y la que he puesto ahora la he reducido tanto con la sola intención de hacer imposible la aplicación técnica del pulgar.

No es que me importe ni mucho ni poco que se masturben con una imagen de Iratxe.


Pero que le pongan el pulgar en la cara a su puta madre.
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