Durante una época bastante dilatada, Hemingway y Stein se turnaron en despreciarse mutuamente por escrito. Stein había sido su mentora, cosa que Ernest se esforzaba en desmentir a toda costa. Hemingway le había hecho el favor de ayudarle a publicar Ser norteamericanos, una deuda que tampoco Stein quería recordar. Además, su compañera Toklas estaba celosa de “su debilidad por Hemingway”. En su Autobiografía de Alice B. Toklas, Stein describe a Hemingway como un arribista oculto tras la máscara del artista entregado, un hombre básicamente temeroso, dado a exhibiciones de falsa valentía, y con “un noventa por ciento de rotario”, entre otras lindezas. Hemingway disparó unas cuantas salvas en su dirección antes de la publicación de la Autobiografía en 1933, continuó el asalto en The Green Hills of Africa (Las verdes colinas de África, 1935) y, con más ferocidad si cabe, en el libro publicado póstumamente, París era una fiesta. El ácido retrato de Stein que hace Hemingway en ese libro de memorias se encuentra muy cerca, por su maldad, del que traza a propósito de Fitzgerald. Cada uno de esos retratos ocupa tres capítulos del libro.
No era Hemingway, sino Stein, la miserable arribista, según se dice en París era una fiesta. Durante los tres o cuatro años en que fueron buenos amigos, escribió Ernest, nunca escuchó a Gertrude hablar bien “de ningún escritor que no hubiera escrito favorablemente, en términos elogiosos, acerca de su obra, o que no la hubiese ayudado a promocionar su carrera, con la sola excepción de Ronald Firbank y, más tarde, de Scott Fitzgerald”. La obra de Fitzgerald siempre le gustó, como también le gustaba Alice Toklas.
Sin embargo, los mayores golpes de Heminway en París era una fiesta se reservan para el lesbianismo de Stein. Según cuenta, Gertrude –en calidad de abogada del movimiento– le explicó que las lesbianas no eran como los homosexuales varones. El acto al que se dedicaban los amantes varones era “feo y repelente; después ellos mismos se dan asco”. Terminaban por tomar drogas, cambiaban constantemente de pareja, nunca eran felices. Las mujeres que hacían el amor una con otra, por el contrario, no hacían nada que fuera desagradable o repulsivo; “después se sienten felices y pueden pasar juntas una vida feliz”. Nada convencido Hemingway, le preguntó por una lesbiana notoria. Stein le aseguró que ésa era una excepción a la regla, una “viciosa de verdad y, claro, no logra sentirse feliz más que con gente nueva. Es una corruptora”. ¿Lo había entendido? Ernest no estaba muy seguro. “Se presentaban tantas cosas por comprender en aquellos tiempos, que sentí alivio cuando cambiamos de conversación”.
SCOTT DONALSON, Hemingway contra Fitzgerald, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 2002, págs. 196 y 197. Traducción de Javier Alfaya y Barbara McShane
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