El juicio empezó bien porque, al ser interrogado, Wilde comenzó a derrochar ingenio. Su actuación inicial fue realmente brillante. A la pregunta del abogado del acusado, Carson (le imputaban frases de Dorian Gray), "¿Alguna vez ha adorado usted locamente a un joven?", Wilde respondió "Nunca he adorado a nadie más que a mí mismo".
En muchos momentos actuó -y era fiel- como los personajes centrales de sus comedias. Tampoco era tan extraño, por otro lado, si consideramos que era un escritor al que le preguntaban por su obra. Ya que muchos pasajes de El retrato de Mr. W. H. y de El retrato de Dorian Gray fueron usados como pruebas de su vicio nefando. Sin embargo, aunque Oscar estuvo ingenioso, aunque defendió bien, -como literatura- algunas cartas suyas a lord Alfred, los testigos -muchachos sin ocupación que le presentaba Taylor, medio hampones algunos, más o menos guapos, pero siempre jóvenes- iban acumulando pruebas en su contra. El público podía reír las ingeniosidades, pero ni el juez ni el jurado (presididos por el retrato de la reina Victoria) entendían nada de sus frases. Tenían ante sí a un homosexual, a un criminal, por tanto, que estaba, de antemano, condenado ya.
LUIS ANTONIO DE VILLENA, Wilde total, Planeta, Barcelona, 2004, págs. 98 y 99
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