jueves 30 de junio de 2011

ANECDOTARIO DE POETAS (336): El ego de Jaime Gil de Biedma


A Jaime Gil de Biedma me lo presentó Isidro Aparicio y no fue un encuentro feliz. Yo le valoraba mucho como poeta, pero no debí transmitirle bien la onda. Jaime era un hombre muy susceptible, vertiginosamente ocupado consigo mismo. No estaba muy claro en qué siglo vivía; probablemente en varios a la vez.

-La poesía -decía- es el único recurso para dialogar a la vez con tus contemporáneos y con tus antepasados.

O sea que sincronizables todos, el Petrarca, T. S. Eliot, Baudelaire, Gil de Biedma, vivos en el milagro del lenguaje, en la comunión de los santos creadores. Jaime recitaba fragmentos de Eliot en un inglés irreprochable. Yo divagaba. Mundos paralelos. Alguna vez fuimos a cenar a un bistrot llamado Bar Juncosa, Plaza de San Joaquín entrando por Villamediana, que no sé si todavía existe. Jaime tenía aspecto fenicio, un poco luciferino, muy mediterráneo, grandes orejas, pelo corto, cuerpo achaparrado. Una cierta violencia latente. Ya digo que la comunicación, entre nosotros, no era buena, no podía serlo, pues no sólo era él un hombre muy susceptible sino también un empecinado casi candoroso egótico, incapaz de interesarse por nada que no estuviera en relación consigo mismo. Una vez me dijo algo que sonaba espontáneo:

-Lo único que me importa en la vida es llegar a ser un buen poeta.


SALVADOR PÁNIKER, Segunda memoriaSeix Barral, Barcelona, 1988, pág. 158
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