Todo motín cierra las tiendas, hace bajar los fondos, consterna a la Bolsa, suspende el comercio, entorpece los negocios, precipita las quiebras; se retira el dinero, la fortunas privadas están inquietas, el crédito público perdido, la industria desconcertada, los capitales retroceden, el trabajo se paga menos, y en todas partes reina el miedo, la reacción se produce en todas las ciudades. De aquí salen los precipicios. Se ha calculado que el primer día de motín cuesta a Francia veinte millones, el segundo cuarenta, el tercero sesenta. Un motín de tres días cuesta ciento veinte millones, es decir, viendo sólo el resultado financiero, equivale a un desastre, naufragio o batalla perdida que aniquilaría a una flota de sesenta navíos de línea.
Históricamente, los motines tienen sin duda su belleza; la guerra de las calles no es menos grandiosa ni menos poética que la guerra en los bosques; en una está el alma de los bosques, y en la otra el corazón de las ciudades; la una tiene a Jean Chouan, y la otra a Jeanne. Los motines iluminaron de rojo, pero espléndidamente, los rasgos más originales del carácter parisiense, la generosidad, el desinterés, la alegría tempestuosa; probando los estudiantes que la bravura es parte de la inteligencia, la guardia nacional inquebrantable, los vivacs de los tenderos, las fortalezas de los pilluelos, el desprecio de la muerte en los transeúntes. Escuelas y legiones se encuentran. Después de todo, entre los combatientes no había más que una diferencia: la edad; es la misma raza, son los mismos hombres estoicos que mueren a los veinte años por sus ideas, y a los cuarenta por sus familias. El ejército, siempre triste en las guerras civiles, oponía la prudencia a la audacia. Los motines, al mismo tiempo que manifestaron la intrepidez popular, educaron el valor del ciudadano.
VICTOR HUGO, Los miserables, Volumen II, Unidad Editorial, Madrid, 1999, págs. 184 y 185, traducción de Aurora Alemany
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