Relata el entonces joven residente Gabriel Celaya que Lorca contaba entre sus amigos a José Antonio Primo de Rivera, con el que se citaba de vez en cuando para hablar, al margen de la política, de poesía y literatura. «¿Sabes que todos los viernes ceno con él [con José Antonio]? —le diría el poeta granadino al todavía en ciernes poeta vasco—; solemos salir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo, ni a mí me conviene que me vean con él.»
El biógrafo de Lorca, y de José Antonio, Ian Gibson, a propósito de la confesión de Celaya, se hacía esta pregunta: «¿Es concebible que José Antonio tuviera la posibilidad de cenar como norma todos los viernes [subrayado de Gibson] con quien fuera? Creemos que no.» Se conoce que ahora, cincuenta años después, a quien no le conviene que Lorca cenase con José Antonio es a Ian Gibson, un estudioso, por otra parte, muy meritorio y concienzudo.
El propio Gibson entrevistó a Celaya para afinar, hasta donde fuese posible, tal recuerdo. El poeta donostiarra le refirió entonces de viva voz: «Nosotros teníamos una tertulia donde íbamos a tomar el café todos los días, en un sitio que se llamaba La Ballena Alegre, en los bajos del Lyon. A esta tertulia íbamos, pues, estudiantes de la Residencia, que muchos eran actores de La Barraca. (...) Nosotros estábamos en una mesa. Y en la mesa de enfrente había otra tertulia, que era de todos los fundadores de la Falange: José Antonio Primo de Rivera, Jesús Rubio, José María Alfaro... Nos conocíamos todos y nos insultábamos, pero era todo como un juego porque nos decíamos: "¡Cabrones! ¡Fascistas! ¡Rojos!" Esto sería el año 34. No había hostilidad. Las tertulias eran separadas y en los periódicos nos metíamos unos con otros, pero no había una cosa de guerra, era cosa de amigos, de intelectuales, de estudiantes, nos veíamos en las mismas exposiciones, en los mismos conciertos, en las mismas obras de teatro. Madrid era muy pequeño. Entonces, no debe chocar tanto que Federico conociera a José Antonio. José Antonio era un orteguiano, leía mucho a Ortega y Gasset. Ortega fue el editor del Romancero gitano, la Revista de Occidente, y claro, había una especie de contactos. Cuando él me dijo eso de que todas las semanas cenaban un día juntos, a lo mejor era una exageración de Federico, porque Federico era muy fantasioso, pero que él conocía a José Antonio, esto es verdad, esto es completamente cierto. (...) A José Antonio me lo presentó Federico en Casablanca una noche de whiskies. Yo no había ido con Federico, había ido con un grupo de la Residencia. Casablanca era un cabaret, como se decía entonces, un sitio de baile, nocturno. Y allí fuimos después de cenar y allí estaba ya Federico. "Oye, ven aquí (me dice), te voy a presentar a José Antonio, vas a ver que es un tío muy simpático." Y nos presentó. Eso sería el 34.»
Después de todas estas explicaciones, Gibson todavía no se conforma y añade en su libro sobre José Antonio: «Lorca, hombre eminentemente sociable y, por más señas, conocidísimo en Madrid, tenía centenares de "amigos" [también las comillas son de Gibson] y no es sorprendente que conociera a José Antonio ni que éste le tuviera afecto. Ahora, sigue sin ser demostrado (sic) el que fuesen realmente amigos (...) Creemos, en fin, que entre José Antonio y Lorca no hubo amistad, y que eso de las cenas semanales era una invención más del fantasioso poeta andaluz.»
A uno que José Antonio y Lorca fuesen amigos es algo que le da perfectamente igual. Como le da igual que tuvieran un encuentro sumamente amistoso, en San Sebastián, José Antonio y Picasso en 1934. Todo esto tiene algo de vodevil, pero nos viene bien constatarlo para que se vea que la época era promiscua política y literariamente. A Gibson, en cambio, se conoce que no le da lo mismo, y que no le haría ninguna gracia que un día se demostrara con «más datos» (estas comillas, en cambio, son mías) el fundamento de esa amistad, y si esa amistad era de primer grado, de tercero o de quinto. Así, me parece a mí, es muy difícil ser imparcial ni ser nada: cuando se tienen las pruebas uno dice: «no me convencen»; y cuando no se tienen: «eso tuvo que ser así», y se escriben unas cuantas páginas pimpantes y especulativas.
Lo que importa de todo esto ni siquiera es si Lorca y José Antonio fueron amigos (lo que sin duda honraría a los dos, como ocurre siempre que se da una amistad desinteresada), sino la complejidad de relaciones, que llevaban al poeta a sentarse y aceptar la amistad de hombres y mujeres de derechas e izquierdas, relaciones que le hicieron creer a Lorca que nada podía temer de nadie.
ANDRÉS TRAPIELLO, Las armas y las letras, Planeta, Barcelona, 1994, págs. 115-118
