INo se pregunten cuándo he decidido
dejar de convencerles de mis puntos
de vista. No declaro simpatía
por ninguna deidad de los primates
ni la virtud feroz de ser discreto
si en ello están de más mis opiniones.
No se pregunten ya por mis ideas
y déjeme pensar que me equivoco
las veces que precisen mis amantes.
El mundo es más hermoso que unos cuantos
y pocos los poemas que lo entienden.
A veces es, incluso, como un niño
que pierde la razón durante el juego.
No se pregunten más que por ustedes
y déjenme callar sin condiciones.
Yo soy poeta como tantos otros
que nunca dan por bueno lo que escriben.
La poesía es siempre una ventana
muchísimo más grande que el paisaje.
DEMOSTRACIÓN DE LA EXISTENCIA DE DIOS
Hay una inmensa y despoblada cruz
en medio del cerebro. Huele a lluvia.
Es fácil demostrar que Dios existe:
abrid una manzana y desmayaos
dentro, sonad ahí la impermanencia
que se amamanta dolorosamente.
Hay una lengua dolorosamente
a oscuras y la lengua en una cruz.
No es fácil contemplar la impermanencia,
pero los años saltan tras la lluvia
sin que nos demos cuenta. Desmayaos
como si fuera un ojo el que no existe.
Hay un bulto que dice que sí existe
la luz y silba dolorosamente.
Abandonad el hambre, desmayaos
como lo hacen los barcos. Nuestra cruz
esconde una sonrisa entre la lluvia
y busca contagiar su impermanencia.
Ay, humana oquedad la impermanencia
y en un extremo blanco el mar existe.
Playa sin mar. Se destetó la lluvia
bajo los ríos. Dolorosamente
se improvisan los hombres en la cruz
boca abajo del tiempo. Desmayaos.
Hay un clavo de carne. Desmayaos
con el primer amor. La impermanencia
son los que dudan, bajan de la cruz
y van al arte para ver si existe,
alzan a Dios la dolorosa mente
de sus hijos. Ya no importa la lluvia.
Ya nada es tan precoz como la lluvia.
Venid a comprender y desmayaos,
todo se alegra dolorosamente.
Con la falta de sol la impermanencia
cobra vida hasta parecer que existe
y pide auxilio en brazos de una cruz.
Hay una cruz encima de la lluvia.
Desmayaos con Dios. La impermanencia
no siempre existe dolorosamente.
AARÓN GARCÍA PEÑA, Dios y sus cómplices, 2009, 88 págs.
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