.
Llevo tres semanas beneficiándome de las propiedades terapéuticas de la escritura, propiedades que había cuestionado hasta ahora. Durante todo este tiempo había atacado a la literatura confesional que yo mismo practico por entender que el poeta se dedica a manosear el sufrimiento, se gusta sufriendo, y no sólo no se cura sino que de tanto hurgarse en la herida consigue sangrar o encuentra nuevas perspectivas masoquistas que le acrecen el dolor. Se parte de un sufrimiento de nivel tres, sostenía, y mediante ese encarnizamiento literario se alcanza un nivel nueve. Esta oposición (oposición sólo teórica, pues la carne me puede y no paro de trabajar lo confesional) también venía motivada por una rara inquietud que he experimentado desde que empecé a escribir hace casi tres años, pues algunas veces he notado que se va ampliando una zona de no control en mi cerebro, como si estuviera acercándome al extravío psicológico. Pero eso era antes. En estas tres semanas, por el contrario, he comprobado y disfrutado con creces las bondades del desahogo confesional, del “soltar lastre”, y últimamente estoy tan contento con esta medicina que ya no tengo ganas de salir a la calle o quedar con nadie porque, ¿para qué quedar si me lo paso mejor escribiendo, soy menos desgraciado, me entretengo en el portátil y, en definitiva, me curo antes? Reconozco que estos desahogos no tienen ningún valor literario y se quedan en meras eyaculaciones emocionales, pero me sirven de mucho para seguir en tierra firme. El único problema grande que les encuentro es que los escribo con tal desequilibrio que no puedo publicar muchos de ellos, pues tecleo cada salvajada que al de pocos minutos empiezo a sentir vergüenza de mí mismo. Hasta he pedido a Verónica y Esther, que me suelen leer diariamente, que me envíen un mensaje cuando vean en este blog alguna entrada escrita con demasiado despecho, para borrarla de inmediato, pues no quiero empañar ni sustituir el recuerdo de diecisiete años maravillosos por el del último día nefasto. Fuera de este peligro, que va remitiendo con el paso de los días, creo que nunca he experimentado semejante pasión por escribir, y, de hecho, estoy empezando a manejar por primera vez la idea de que la escritura puede ayudarme a mejorar como persona. Hasta me sucede, últimamente, cuando camino por el Paseo de la Florida y observo a los transeúntes, que siento mucha conmiseración por ellos. En efecto, ¿cómo se las arreglarán los no apasionados por la escritura para superar los tragos amargos? ¿Cómo conseguirán saltar una ola tan alta como la que estoy tratando de saltar yo?.