CAMONIANA ¿Quién eres tú, bárbara, que habitas
en un poema que se estudia en los colegios
y se lee en recitales,
tú que te limitaste a ser amada
por un poeta que, si calló, más
no te dio a cambio del amor
que ese poema que tú, si calló
nunca llegaste a oír? ¿Quién eres,
oh mujer más real que ese
poeta que te cantó, y de cuya vida
nadie sabe nada, a no ser
que te amó y te colocó en ese
poema en que aún vives, y respiras,
como el día en que él lo escribió
recordando tu cuerpo, tus
labios, y los días, o noches,
que contigo pasaron? ¿Quién eres,
mujer real y soñada que habitas
todos los poemas que ese poema
ha inspirado, y todos los sueños que
en esa bárbara encontraron una imagen
concreta y definitiva? Vuélvete
en esos versos, para que te veamos
el rostro, y dinos tu nombre, el nombre
auténtico, y no ese que el poeta
inventó para llamarte en un poema
que de ti solo guarda el secreto;
y duérmete, después, olvidando
lo que han dicho de ti, y los comentarios
de que has sido pretexto, y las imágenes
en que, cada vez más, fuiste perdiendo
tu imagen, tuya y única.
CÓMO SE HACE EL POEMA
Para hablarnos del medio de obtener el poema,
la retórica no sirve. Se trata de una cosa sencilla, que no
necesita primores ni fórmulas. Se coge
una flor, por ejemplo, pero que no sea de esas flores que crecen
en medio del campo, ni de las que se venden en las tiendas
o en los mercados. Es una flor de sílabas, en que los
pétalos son las vocales, y el tallo una consonante. Se coloca
en el jarrón de la estrofa, y se deja tranquila. Para que no muera,
basta un pedazo de primavera en el agua, que se va
a buscar a la imaginación, en un día de lluvia,
o se hace entrar por la ventana, cuando el aire fresco
de la mañana llena el cuarto de azul. Entonces,
la flor se confunde con el poema, pero aún no es
el poema. Para que éste nazca, la flor necesita
encontrar colores más naturales que aquellos
que la naturaleza le dio. Pueden ser los colores de tu
rostro –su blancura cuando el sol da en ti,
o el fondo de tus ojos en que todos los colores
se confunden, con el brillo de la vida. Después,
vierto esos colores sobre la corola, y los veo bajar
hacia las hojas, como la savia que corre por los
velos invisibles del alma. Puedo, entonces, coger la flor
y lo que tengo en la mano es este poema que
me has dado.
LOS HIGOS DE D. H. LAWRENCE
Lawrence aconsejó que se partiese un higo
en cuatro pedazos, para comerlo, después de quitarle
la piel. De este modo, pensaba, la sociedad no vería
con malos ojos el gesto de cortar el higo, y de
saborearlo lentamente, como quien lee un poema. Pero
no todos los higos se pueden comer de esta manera; y,
en el caso de los higos verdes, lo mejor es quitarles la piel a
partir de arriba, sin que se desprenda completamente
del fruto; y sólo después de comer la parte de arriba, llegará
el momento en que sólo va a quedar un poco de higo
sujetando la piel. A esa altura, se puede arrancarla, y acabar
de comer lo que sobra, para que la ingestión sea completa.
De hecho, Lawrence también admite esta solución (y
acepta que se coma también la piel); pero tendremos
que ir más lejos que él, lo que significa
que se debe pensar también en la higuera. Y si, al comernos
el higo, el árbol nos agarra el alma con sus ramas
ásperas, obligándonos a apartar las hojas para ver cómo
podemos escondernos debajo de ella, el sabor que queda en la boca
recuerda la imagen de la mujer primitiva, con su vientre redondo
como el de los higos de San Juan, los primeros, que se cogen
con sólo un gesto, y quedan enteros en la mano. Entonces, la mano
se vuelve una prolongación de la higuera, y empiezo a pensar
que tal vez puedan nacer hojas de higuera en los brazos,
como si estos fuesen ramas; y que esas hojas servirán para
tapar los higos que iré a coger, manteniendo su frescura.
Como alternativa, podré transformar el tronco de la higuera
en un cuerpo de mujer desnuda; y esas hojas irán a vestirla. Pero el higo
que tengo en la mano me hará sentir sus senos suaves, haciendo
que, al quitar la piel del higo, la mujer salga de su interior,
y yo pueda llegar a la misma conclusión que Lawrence sobre
las múltiples formas de comer un higo.
NUNO JÚDICE (Mexilhoeira Grande, 1949), Tú, a quien llamo amor, Hiperión, Madrid, 2008, 169 págs. Traducción de JESÚS MUNÁRRIZ
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