viernes, 28 de diciembre de 2012

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (676): Neruda cae en desgracia ante los poetas cubanos procastristas por comer huevos fritos con el presidente peruano


Corresponde consignar un recuerdo. En tal recuerdo palpita una mañana calurosa en La Habana, reaparece un periodista con un bloc y un lápiz en las manos; me veo a mí mismo, muchos años más joven. Al final de aquella entrevista el periodista me pidió que articulara unas palabras de condena contra Pablo Neruda. ¿Unas palabras "de condena"? La historia era pintoresca y a la vez un poco siniestra. Al llegar a La Habana me contaron que Neruda había "caído en desgracia". [...] Sucedía que Neruda había dado un recital de poesía en el PEN Club de Norteamérica, había almorzado con Belaúnde Terry.

[...] Cuando Belaúnde Terry era presidente del Gobierno peruano, invitó a almorzar a Neruda, y Neruda aceptó. Cuando los revolucionarios hispanoamericanos le reprocharon agriamente ese almuerzo, Neruda, según se dice, se excusaba alegando, supongo que con ironía, que la cosa no era para enojarse tanto, que se había limitado a comerse unos huevos fritos a la mesa de Belaúnde. Conociendo la sensualidad con que Neruda variaba sus comidas, es lícito conjeturar que la frase contenía una desdeñosa ironía. En el año 1967 los cubanos se apoderaron de esa frase y contaban a los viajeros que Neruda se había comido los huevos en la casa de Belaúnde. Era la vieja historia, sórdidamente chabacana y machista, de darle a todo una dimensión glandular. Política testicular. Quienes conocemos cualquier forma de dictadura hemos oído a menudo ese berraco y estúpido lenguaje.

Le pregunté a aquel periodista por qué tenía yo, precisamente yo, que excomulgar a Neruda; por qué el Destino me había elegido a Mí para Refutar de un Plumazo al poeta. "¿Pero es que no lo sabes? ¡Neruda se ha comido los huevos en casa de Belaúnde!", me informó mi interlocutor, con una originalidad, como se ve, extraordinariamente moderada. Poco antes había circulado un manifiesto condenatorio en que Neruda era tratado de mala manera, un manifiesto que obtuvo abundantes y diligentes firmas. No contentos con ello -acaso secretamente descontentos de su propia obediencia-, algunos periodistas seguían pidiendo más condenas y más refutaciones. Todo esto daba lástima. Me negué a darle gusto al diligente; le dije que cuando se compusiera un manifiesto para lamentar, con buena educación, algunas páginas stalinistas que obstruyen la majestad de la mejor poesía de Neruda se acordasen de pedirme la firma, pero que sólo por almorzar dos huevos fritos yo no condenaría a Neruda. Le pedí que agregase al reportaje estas últimas frases. El reportaje nunca apareció, ni mutilado ni completo.


FÉLIX GRANDE, La calumnia, Mondadori, Madrid, 1987, págs. 32-34
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