.
Resulta asombroso observar que Rubén Darío aceptó los regalos de un tiranuelo centroamericano, calificándolo de Benefactor, pero advirtiendo a la vez a quienes podían echarle en cara su flaqueza que él, Darío, no era juez de la historia en este mundo. En San Salvador asumió gustosamente la dirección de un diario que le fue confiada por un presidente -cito aquí su propio testimonio-, voluntarioso y tiránico, como lo han sido casi todos de América Central. Convivió el grandísimo poeta con políticos tarados, reaccionarios, generales de bolinche; hallándolos simpáticos e incluso interesantes. Y cuando el elogio de la ciudad de San José de Costa Rica, apunta como mérito notable que su sociedad fuera una de las más europeizantes y norteamericanizadas. Y también es cierto que la irresponsabilidad de Darío no constituye una excepción. Había otro gran poeta en América y mucho anduvo por La Habana -se trataba de Porfirio Barba Jacob- cuyo oficio consistía en ofrecer su periodismo de combate (y era brillante, y era eficiente) dondequiera que se lo pagaran con largueza, sin preocuparse por ahondar en lo legítimo u honorable de la causa defendida. Y no olvidemos a Santos Chocano, que lo mismo pudo oficiar de ministro de Pancho Villa que de consejero del dictador Estrada Cabrera, aquel que Miguel Ángel Asturias habría de retratar en su novela famosa bajo el nombre de El Señor Presidente. Otros aceptaban cargos diplomáticos, puestos oficiales, dirigir revistas y periódicos sin detenerse a reflexionar si vendían o no su alma al diablo..
...
ALEJO CARPENTIER, Conversaciones con Alejo Carpentier, Ramón Chao, Alianza Editorial, 1998, págs. 50-51
.
ALEJO CARPENTIER, Conversaciones con Alejo Carpentier, Ramón Chao, Alianza Editorial, 1998, págs. 50-51
.