domingo, 24 de enero de 2010

TROYA LITERARIA (18): Gabriel Albiac contra Juan Luis Cebrián

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SER un pésimo escritor no es un delito. Pero aún eso requiere cierto esfuerzo: la apuesta de invertir el escaso tiempo propio en la traza de una obra, incluso de una obra mala, incluso de una obra pésima. Juan Luis Cebrián no es un escritor pésimo. No es un escritor. Sencillamente. Publicó una de esas novelitas baratas para uso de quioscos en ferrocarriles y aeropuertos. Fue hace años. Como no reincidió, nada hay que impida ser benevolente con su falta de sentido del ridículo de entonces. Y olvidarse de algo que ni siquiera Corín Tellado hubiera osado firmar sin un síncope de sonrojo. Optó enseguida por dedicarse a las altas finanzas. Hizo bien. Ser un pésimo escritor no es ciertamente un delito... Pero da tanta vergüenza...
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Exceso en la metáfora: desde hace cuatro días un mediocre redactor de editoriales al dictado posee sillón propio en la institución a cuyo cobijo se hallan lengua y diccionario. Su obra literaria es inexistente, pues que la infinita caridad colectiva concede el olvido al engendro narrativo aquel. Su capacitación en el campo de la lingüística es, con exactitud, igual a cero. Sin obra, sin tareas investigadoras o académicas conocidas, el hombre de Bankinter dispara al infinito el monstruoso tropo constituyente de la España de fin de siglo: sólo la mentira vale, sólo la nulidad -intelectual como moral o política- posee valor absoluto. Cebrián académico es el espejo de esta España en la cual vivimos: la de los González, los Gil, los Aznar, los Guerra, los Pujol, o los Ibarra... La España analfabeta y mala, porque no hay mediocridad ni ignorancia que no sean éticamente envilecedoras.

Podríamos -es tan fácil- tomar a risa eso de que el patético redactor de La rusa haya pasado sobre la cabeza del enorme sabio que es Quilis; podríamos perdernos en esgrimas más o menos ingeniosas acerca de su sintaxis tosca, acerca de la inepcia chata de su prosa hecha de tópicos encadenados... Haríamos mal. No es broma que un don nadie -en lo que a lengua y literatura toca- deba decidir acerca de criterios técnicos en los cuales se juega aquello de lo cual está forjado nuestro espíritu: la lengua. No es broma Juan Luis Cebrián en la Academia. Por mucho que lo parezca. Ni siquiera una broma pesada. Ni siquiera un chistoso sabotaje dadaísta. Es una vergüenza. Callarlo sería más vergüenza todavía.

Vergüenza para la Academia: para quienes lo propusieron, para quienes lo votaron, ellos sabrán por qué. Vergüenza, por encima de todo, para quienes hablamos y escribimos en un español que, bajo la pluma del nuevo académico, accede a un bochornoso grado cero.

No. Ser un pésimo escritor no es un delito. Pero requiere ser un escritor, primero. No lo es el consejero ex periodista de Bankinter. Puede aducir en su favor tal vez un mérito. Sólo. Él es metáfora. La más cruda metáfora de los tiempos presentes. Cebrián en la Academia: España en la mentira.


GABRIEL ALBIAC, Cebrián como metáfora, El Mundo, 23 de diciembre de 1996
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