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Comenzaba a lograr todo esto y sentía que no me bastaba, que no me habría bastado jamás. ¿Qué me importaba ser o llegar a ser un filósofo "brillante", un escritor "muy conocido en el mundo literario", un fabricante y vendedor más o menos afortunado de palabras y pensamientos? ¿Dónde iba a acabar? Poco se requería para saberlo. Aun mirando adelante con toda la locura permitida a los mediocres, sólo veía esto: mis obras impresas en Tréveris, profesor de la universidad, académico, y finalmente, siendo ya un viejo decrépito y alelado, conseguir el premio Nobel.
¡Y nada más! Yo sentía haber nacido para otras cosas, anhelar otros fines. No era ambición, no era vanidad, sino soberbia, soberbia del mejor estilo, soberbia diabólica, soberbia divina. Quería ser verdaderamente grande, épico, inconmensurable; quería lograr algo gigantesco, inaudito, que cambiase la faz de la tierra y el corazón de los hombres.
Si no, prefería la nada. Prefería pudrirme en el ocio cretino del funcionario o embrutecerme en cualquier trabajo manual, o, solución ideal, ahogar mis sueños fallidos y el peso de mi cuerpo en las aguas amarillentas del Arno.
Necesidad antigua y continua de ser jefe, guía, centro, pero especialmente inquietante en aquel tiempo de subidas y de deseos animosos. Lo confieso: no me importaba gran cosa el porqué, sino que los ojos de todo el mundo estuvieran clavados en mí -¡al menos un momento!- y que los labios de todos repitieran mi nombre.
Fundador de una escuela, iniciador de una secta, profeta de una religión, descubridor de teorías y de admirables ingenios, capitán de un nuevo partido, redentor de almas, autor de un libro de cien ediciones, maestro de un cenáculo: cualquier cosa, pero siempre el primero, el más célebre, el más grande en algo.
Ser uno de aquellos que dan el nombre a una idea, a una multitud de hombres; que revelan una verdad nueva, imprevista, valiente; de aquellos que todo el mundo debe conocer y juzgar; a quien se debe un capítulo, un párrafo en las historias, y que poseen su propio dominio, su campo aparte, su bandera reconocida.
No me importaba el porqué, no me importaba el cómo; pero no quería permanecer aparte, en segunda o tercera fila, entre las personas sencillamente interesantes, sencillamente curiosas y cultas e inteligentes. Incluso una necedad, incluso una locura; ser el inventor de esta necedad, el héroe de esta locura.
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GIOVANNI PAPINI, Un hombre acabado, Argos Vergara, Barcelona, 1977, págs. 126 y 127
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