miércoles 11 de noviembre de 2009

En torno a dos entradas de VÍCTOR VERGARA

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Bajo el título de ¿Tienen los poetas sentido del humor? (ver AQUÍ), Víctor Vergara publicó hace tres semanas una entrada en la que se quejaba de la melancolía obligatoria que anegaba la obra de la mayor parte de poetas. En el segundo post, de hace unos días, ha presentado mi serie Marcial en el instituto (ver AQUÍ) como ejemplo de que la alegría es posible en el poema. Mi contribución al debate son los siguientes fragmentos de Pablo Neruda, tomados de su libro de memorias Confieso que he vivido:


(...) El poeta debe torturarse y sufrir, debe vivir desesperado, debe seguir escribiendo la canción desesperada. Ésta ha sido la opinión de una capa social, de una clase. Esta fórmula lapidaria fue obedecida por muchos que se doblegaron al sufrimiento impuesto por leyes no escritas, pero no menos lapidarias. Estos decretos invisibles condenaban al poeta al tugurio, a los zapatos rotos, al hospital y a la morgue. Todo el mundo quedaba así contento: la fiesta seguía con muy pocas lágrimas.

(...) El escritor desventurado, el escritor crucificado, forman parte del ritual de felicidad en el crepúsculo del capitalismo. Hábilmente se encauzó la dirección del gusto a magnificar la desgracia como fermento de la gran creación. La mala conducta y el padecimiento fueron considerados recetas en la elaboración poética. Hölderlin, lunático y desdichado; Rimbaud, errante y amargo, Gérard de Nerval, ahorcándose en un farol de callejuela miserable; dieron al fin del siglo no sólo el paroxismo de la belleza, sino el camino de los tormentos. El dogma fue que este camino de espinas debía ser la condición inherente de la producción espiritual.

(...) Los poetas tenemos el derecho a ser felices, sobre la base de que estamos férreamente unidos a nuestros pueblos y a la lucha por su felicidad.

“Pablo es uno de los pocos hombres felices que he conocido”, dice Ilyá Ehrenburg en uno de sus escritos. Ese Pablo soy yo y Ehrenburg no se equivoca.

Por eso no me extraña que esclarecidos ensayistas semanales se preocupen de mi bienestar material, aunque el personalismo no debiera ser temática crítica. Comprendo que la probable felicidad ofende a muchos. Pero el caso es que yo soy feliz por dentro. Tengo una conciencia tranquila y una inteligencia intranquila.

A los críticos que parecen reprochar a los poetas un mejor nivel de vida, yo los invitaría a mostrarse orgullosos de que los libros de poesía se impriman, se vendan y cumplan su misión de preocupar a la crítica. A celebrar que los derechos de autor se paguen y que algunos autores, por lo menos, puedan vivir de su santo trabajo. Este orgullo debe proclamarlo el crítico y no disparar pelos a la sopa.

Por eso, cuando leí hace poco los párrafos que me dedicó un crítico joven, brillante y eclesiástico, no por brillante me pareció menos equivocado.

Según él mi poesía se resentía de feliz. Me recetaba el dolor. De acuerdo con esta teoría una apendicitis produciría excelente prosa y una peritonitis posiblemente cantos sublimes.

Yo sigo trabajando con los materiales que tengo y que soy. Soy omnívoro de sentimientos, de seres, de libros, de acontecimientos y batallas. Me comería toda la tierra. Me bebería todo el mar.

PABLO NERUDA, Confieso que he vivido, en Obras completas V, RBA, Barcelona, 2007, págs. 859-861
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