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El poeta cántabro y yo salimos del Paraguas ya de día, casi a rastras, borrachos como piojos, dejando a Ángel en el bar, todavía con fuerzas para entonar rancheras y alguna tonada asturiana, como “Río verde”, cantada con un chorro de voz que hacía callar al local entero. Tan sólo en eso, en la pulsión del cante, se le conocían a Ángel los muchos whiskies.Esa misma mañana, recién levantado, todavía con resaca, recibí la llamada de Lola Lucio, buena amiga y anfitriona de Ángel en Oviedo. Estaban muy preocupados porque éste no había aparecido y pensaban que podía haberle ocurrido algo. Yo le expliqué que lo habíamos dejado en el Paraguas ya amaneciendo y Lola casi me riñó: Ángel era muy mayor y no podíamos llevarlo de juerga de esa manera. ¿Mayor?, pensé. ¡Si nos tumbó a Oliván y a mí, que éramos cuarenta años más jóvenes!
Apareció un par de horas más tarde, adormecido en un banco de la catedral. Se despertó con susto al escuchar los cánticos del oficio religioso, pensando si no estaría muerto y habría ido al cielo.
De los muchos recuerdos que tengo de Ángel, éste es uno de los que prefiero, porque lo retrata lleno de vida, disfrutando de los placeres, de la conversación y de los amigos, sumergido en el exceso, cantando, feliz. Y al mismo tiempo, está ahí la ironía última contra la muerte, el ángel malo. Con Ángel, el ángel bueno, la noche no acababa nunca pero, a diferencia de otros bebedores, él jamás perdía la cabeza. Con setenta y pico de años tenía una capacidad increíble para recuperarse y el ingenio siempre vivo, “apresando en lo hondo / la luz a picotazos”. Como aquella otra vez en que, de trasnoche, arribó a una cafetería que estaba abriendo (era muy tarde o muy temprano, según se mire) y pidió whisky. Imposible, dijeron: a esa hora sólo servían cafés.
-Entonces podré tomar un café irlandés… –dijo Ángel.
-Bueno… sí –contestó el camarero dudando.
-Pues póngame un irlandés. Pero sin mezclar: el whisky por un lado y el café por otro. Y sin nata, que la nata me hace daño.
El camarero sonrió ante la astucia y le sirvió el whisky.
JOSÉ LUIS PIQUERO, El poeta asertivo, 15 de enero de 2008, blog La guarida de Caín (AQUÍ)
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